Todos observamos atónitos como el Partido Popular se ha escorado hacia posiciones radicales. Cabe preguntarse: ¿Casado lo hace por convicción o se ve obligado a subir el tono de sus declaraciones por necesidad?. Esta búsqueda del espacio de la crispación política encierra una clara intencionalidad. Está intentando cerrar a la desesperada las fugas de su electorado hacia Vox y Ciudadanos. Cabe recordar que los populares desde 1996 han conseguido abrazar el amplio espectro ideológico del centro-derecha de este país. No obstante esa situación ha cambiado y estamos ante un partido poco acostumbrado a disputarse el electorado de centro-derecha con otras formaciones. Ni tan siquiera la aparición de Ciudadanos en 2015 significó una amenaza real para ellos ya que la formación naranja de Rivera intentaría inicialmente sumar activos tanto en el centro-derecha como en el centro-izquierda. Además, la aparición en la escena política de Pablo Iglesias se convertiría en un arma de gran utilidad para los populares. Por un lado podían debilitar a su adversario natural, el PSOE, por otro cerrar filas en un electorado de centro derecha que veía la emergencia de una formación excesivamente radical y revolucionaria.
Hoy la realidad es muy distinta. El PP de Casado tiene que convivir con un fraccionamiento político real que amenaza incluso el liderazgo del espacio de la derecha. En este análisis no debemos olvidar algunas cuestiones obvias al liderazgo de Casado. En primer lugar, Casado es un líder que perdió sus primarias, por consiguiente, la consolidación y la permanencia de su liderazgo depende única y exclusivamente de una victoria a cualquier precio. También Casado ha heredado, e intenta liderar voluntariamente o no, el orgullo de pertenencia a un partido cuyos principios y valores fundacionales se encuentran salpicados hasta la médula de corrupción y de múltiples escándalos. Por último, soporta la sucesión de Rajoy pilotada por Aznar. Una combinación altamente radiactiva.
Pablo Casado presenta síntomas de una verdadera y descontrolada hiperactividad dialéctica. Trata de marcar una agenda, intenta establecer un framing. No obstante, la conformación de su relato ha estado caracterizados más por los tropiezos y las torpezas que por conseguir un espacio de liderazgo propio. Parece que alguien, al joven Casado, le haya indicado que necesita tensionar y buscar la crispación como única salida a la hemorragia de credibilidad que está padeciendo su organización.
Solo así, se puede comprender la variedad de despropósitos que ha sido capaz de acumular en tan pocos meses. Desde meterse en el charco de preguntarles a las mujeres si eran conscientes de lo que llevaban dentro, intentando así rescatar el debate, hoy ya superado por una amplia mayoría de la sociedad española, sobre la libertad de la mujer y el derecho al aborto, hasta a afirmar que el descenso de la natalidad afectaba profundamente al estado de las pensiones: “Si queremos financiar las pensiones y la salud, debemos pensar en cómo tener más niños y no en cómo los abortamos”, señaló. Y todo esto sin olvidar el patinazo de Suarez Illana al afirmar en una entrevista radiofónica que “en Nueva York se acaba de aprobar una ley por la cual se permite el aborto después del nacimiento”. Todas estas declaraciones torpes se dirigen claramente a ganar el voto del electorado más conservador.
Es lo mismo que sucede cuando apelan a la defensa de la unidad territorial de España, un tema más transversal y en el que los populares han llegado a realizar una analogía entre ETA y Cataluña para intentar incrementar así la crispación y atacar al PSOE. Hasta la propia presidenta del colectivo de Víctimas del Terrorismo, Consuelo Ordóñez, ha llegado a recriminar a Casado por “banalizar el terrorismo”. La verdad es que para los populares la utilización del terrorismo vasco como arma electoral tampoco es ninguna novedad. Ya lo hicieron en su día tanto José María Aznar como Mariano Rajoy, eso sí, siempre desde el papel de aspirantes a la Moncloa. Llegaron al extremo de acusar al entonces presidente Zapatero de “traicionar a los muertos”. En sede parlamentaria, el 15 de enero de 2007, Rajoy llegó a acusar a Zapatero de ceder a la presión y el chantaje de ETA: “Si usted no cumple, le pondrán bombas, y si no hay bombas, es porque ha cedido”. Ahí es nada.
Así las cosas, toda esta estrategia que mantiene el PP deriva de la necesidad de tensionar y crispar el tablero electoral. Intentan no sólo frenar sino crear miedos que hoy ya solo ellos ven. Se dirige a espantar los fantasmas derivados del fraccionamiento político. Intentan llegar al voto indeciso y al voto oculto, que, piensan, alguna vez fueron votantes suyos.